Cronicas de caza: el aguardo del doblete

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El aguardo del doblete

Crónica de caza

18:00. Viernes. Llevaba una semana tremenda. Que si viaje a Barcelona, que si entregar el informe… Todo esto en mi cabeza mientras conduzco hacia mi tierra de Extremadura. Cada kilometro que me acerco, el peso de la semana se va levantando.

Por fin llego. Me encuentro con mi padre que hará de mi secretario. Con esos ojos verdes llenos de alegría, me recibe con un gran abrazo. Hace tiempo que no nos veíamos, pero el rencuentro en medio de la dehesa nos hace olvidar el tiempo que hemos estado separados.

Entramos en la “choza del cazador” una casucha que hemos habilitado para resguardarnos los días de caza. No tiene muchas comodidades, pero las necesarias para su cometido. Dos lechos, con sus correspondientes sacos de dormir, que dejamos preparados para cuando regresemos. Nos tomamos una tapita de queso mientras ponemos a punto nuestras armas. Nuestra comapera la Luna parece que nos va acompañar hoy como un gran faro desde el cielo. El silencio en la finca sólo se ve interrumpido por el sonido de las cigarras y de las alimañas. Hoy va a ser una buena noche. caza-espera-aguardo-la-canana

De camino al puesto, mi padre ya me está diciendo que no me precipite, que deje entrar a los cochinos y que mire bien antes de disparar. Llegamos a nuestra silla que está en lo alto de un aciano roble. Está todo muy tranquilo.

Son las 23:30, hace frío y llevamos mas de 4 horas en el puesto sin ver ni un rabo. Gracias a la luna, podemos ver casi como si fuera de día. Casi cuando perdíamos la esperanza, empezamos a oír unos ruidos que acechan en la oscuridad. Vaya piara de guarros. Entran muy tímidos, los jóvenes delante. El corazón me empieza a ir a mil. Mientras los cochinos se empiezan a envalentonar, unos comiendo el maíz, otros bañándose en el gasoil. Mi padre me susurra, “no te precipites, tranquilo”. Tengo mi rifle de cerrojo Sauer, y en cuanto me doy cuenta, estoy apuntando al que parece más grande. “Tranquilo, no te precipites” vuelvo a escuchar… y pregunto a mi maestro cazador, mi padre, “lo tengo a tiro, ¿le doy?”. BOOM. Lo reconozco, me pudo el ansia, y no espere la respuesta de mi padre. Todo fue en decimas de segundo. Tras el primer tiro, cerrojeo y apunto a otro bulto, BOOM. Vuelvo a cerrojear, y ya no se escucha nada más.

Sobre las 2:00 de la mañana, decidimos que ya es suficiente. Mi padre “otra vez te has precipitado, ya verás, ni a un cerro le has dado”. Nos acercamos y tras un momento inicial de duda, encontramos un rastro de sangre que nos lleva a un jabalí de enormes dimensiones. Mi decepción fue ver que resultaba hembra. Al otro, empezamos a buscarlo y hayamos otro rastro de sangre y encontramos un jabailí más joven. “Vaya doblete, hijo mío, pero el guarro grande te iba a entrar”.

El guarro grande… entraría… o no… más paciencia.

Volvemos a la casucha, a tomar un poco de queso, comentar la jugada, ¿y mañana? Mañana será otro día.

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